30 mayo 2008



Es preferible la encuesta

Santiago González

Aunque Ibarretxe no fue durante sus estudios universitarios un líder carismático, sí se fijó lo bastante en ­­­el know how del asamblearismo estudiantil para llevarlo a la práctica una vez convertido en el conductor de su pueblo hacia la tierra prometida: vamos a hacer una asamblea para ver si hacemos una asamblea. Juan Josué Ibarretxe ha convocado a los vascos a referéndum para ver si hace un referéndum. Para evitar la redundancia, ha bautizado al primero como ‘consulta’. Consultemos pues a los vascos y a las vascas para ver si quieren que se les pregunte.

El lehendakari considera que a su invento no le hace falta autorización “al no tratarse de una consulta por vía de referéndum ni ser jurídicamente vinculante”. Aun desconociendo a qué puede llamar Ibarretxe “por vía de referéndum”, perece que se trata del mismo procedimiento. Ni la Constitución ni la Ley de Referéndum establecen diferencias entre una y otro, y, por último, tampoco esta modalidad de consulta es vinculante en nuestro ordenamiento jurídico.

No le hace falta autorización. En realidad, le basta con cumplir la ley. Montesquieu describió con toda precisión el asunto en ‘Del espíritu de las leyes’: “En un Estado, en una sociedad en la que hay leyes, la libertad sólo puede consistir en poder hacer lo que se debe querer y en no estar obligado a hacer lo que no se debe querer. La libertad es el derecho de hacer todo lo que las leyes permiten, de modo que si un ciudadano pudiera hacer lo que las leyes prohiben, ya no habría libertad, pues los demás tendrían igualmente esta facultad.”

Las preguntas del lehendakari parecen inspiradas en la pregunta quebequesa del referéndum del 95. Allá se fueron en calidad de observadores Joseba Egibar y Juan María Ollora para estudiar cómo respondían los quebequeses la siguiente pregunta: “¿Aceptaría usted que Québec llegue a ser soberano tras haber ofrecido formalmente a Canadá una nueva asociación económica y política, en el marco del Proyecto de ley sobre el Futuro de Québec y del acuerdo firmado el 12 de junio de 1995?”

Fue entonces cuando el Gobierno de Canadá elaboró la Ley de la Claridad cuyos fundamentos son los siguientes: en un referéndum autodeterminista, la pregunta ha de ser clara; la mayoría, cualificada; la eventual independencia iría acompañada de una negociación económica en la que el territorio a independizar pagara el precio de la libertad y el territorio independizado admitiría el mismo principio para cualquier parte.

El lehendakari siempre se ha inspirado muy libremente en sus modelos: "¿Alguna vez han oído decir al gobierno británico que van a emplear la justicia y la policía para impedir que la sociedad de Escocia se pronuncie?”

No. Le hemos visto hacer. El Gobierno británico suspendió cuatro veces la autonomía del Ulster que los nacionalistas vascos invocan como modelo. La última suspensión, decretada el 14 de octubre de 2002, duró hasta el 8 de mayo de 2007. Es decir: cuatro años, seis meses y 24 días.

Woody Allen tenía un recuerdo personal intercambiable con los republicanos irlandeses respecto a la madrastra británica: "Siempre he tenido buenas relaciones con mis padres. Me pegaban muy poco. De hecho, me parece que sólo me pegaron una vez durante toda mi infancia. Empezaron el 23 de diciembre de 1942 y acabaron en la primavera de 1944".

El lehendakari debería sustituir su plan por una encuesta de su Gabinete de Prospecciones sociológicas, que es la continuación de la política por otros medios, un arma biológica temible, capaz de hacer una encuesta entre el empresariado vasco en el que este colectivo se manifieste mayormente trotskista y partidario de la autodeterminación. Es más barato, más gratificante e inocuo a efectos de convivencia.



29 mayo 2008



La gran pregunta

Santiago González

Hace varios años, durante el secuestro del empresario José María Aldaya a manos de ETA, ETB (perdonen ustedes una progresión que debería seguir con etc.) programó un especial que llevaba por título ‘Todas las caras de la violencia’. La televisión pública vasca hizo saber que el espacio iba a concluir con una encuesta telefónica en la que el público debería responder a la pregunta: “¿Merece Aldaya estar secuestrado?”

El anuncio suscitó cierto escándalo que determinó la eliminación de la consulta, pese a la estupefaciente declaración de uno de los responsables del engendro: “la pregunta tiene una segunda lectura que va más allá de si uno está a favor del secuestro político o no”. Todas las opiniones son legítimas, ya lo dice el lehendakari.

En estos años nos hemos sofisticado mucho. Observen la diferencia entre una formulación tan primaria y la primera de las dos preguntas que Ibarretxe ha preparado para examinarnos: “¿Está usted de acuerdo en apoyar un proceso de final dialogado de la violencia si previamente ETA manifiesta de forma inequívoca su voluntad de poner fin a la violencia para siempre?”

Con el debido respeto, la pregunta parece una melonada y si bien se mira, está en la misma onda de la que ETB planteaba hace 13 años. Expliquémonos. Aquella era perversa. Ninguna instancia pública puede preguntar a nadie si es partidario del secuestro, el asesinato o cualquier otra especialidad recogida en el Código Penal. Aun si fuese para demostrar que la natural bonhomía de los vascos (y las vascas, naturalmente) les lleva a estar más en contra que a favor de los actos terroristas. Los derechos humanos no se pueden adjudicar de manera asamblearia. Lo malo de preguntar a la ciudadanía para que manifieste su posición contraria a un secuestro es que se le ofrece la obscena, ilegítima posibilidad de manifestar su complicidad con los secuestradores, un contradiós y una infamia.

Ibarretxe ha leído su pregunta dos días después de que el presidente del PNV prometió que incluiría “un rechazo explícito de ETA” y que su partido “no puede jugar con preguntas ambiguas cuando se habla de un principio ético”. Cabe la posibilidad de que el PNV practique una bicefalia estricta y el presidente sea incapaz de controlar al lehendakari; puede que Iñigo Urkullu esté ensayando un liderazgo político alternativo, en la línea del que ahora mismo ejerce Mariano Rajoy en el PP; tampoco es improbable que el presidente del partido-guía desconozca el significado de las expresiones ‘rechazo’, ‘explícito’, ‘ambiguas’ y ‘principio ético’ o que sea el lehendakari el que no lo conoce. O que sí lo conozcan, pero no usen las palabras con propósitos minuciosamente descriptivos. Uno de los grandes éxitos políticos de Zapatero ha sido la generalización de su máxima: “las palabras deben estar al servicio de la política” y no al revés.

Cuenta Ibarretxe que ETA "no puede decir cuándo se puede hablar declarando una tregua" y lo dice mientras presenta un texto calculado para que lo voten los representantes de ETA en el Parlamento vasco. Que la primera pregunta sirviera al proceso de paz de Zapatero no es un elemento tranquilizador. ETA la aprobará como hizo en aquella ocasión. No será garantía de que ETA piense dejarlo, como no lo fue entonces. Fracasará la negociación como fracasó aquella. Si ETA tiene la voluntad de poner fin a la violencia para siempre y lo manifiesta de manera inequívoca, no parece que el acuerdo o desacuerdo de los ciudadanos sea muy relevante. ¿Para qué es decisivo su apoyo? Que lo dejen y ya se verá. No se sabe a qué viene tanta pamplina enfática entre signos de admiración: “¡No dejes que nadie decida por ti!”. Cuando ETA (pm) lo dejó, bastaron unas conversaciones con Rosón. No hubo apoyo del pueblo vasco ni falta que hacía. La pregunta, formulada cuando los terroristas han vuelto al coche bomba es un sarcasmo y un insulto a la convivencia, a la democracia, a la razón.

“Queremos poner a ETA en su sitio”, dijo textualmente Ibarretxe, sin añadir más precisiones. ¿Y cuál será ese sitio?, puede preguntarse el público. La mesa de negociación, naturalmente. Hagamos un ejercicio de trasposición y sustituyamos en la pregunta del lehendakari los términos ‘violencia’ y ‘ETA’ por violencia machista y maltratadores, por violación y violadores, por pederastia y pederastas. ¿Debería negociarse con el presunto violador y asesino de Mari Luz Cortés o el único error del sujeto es no haberse sindicado con sus iguales, con el fin de que estos reivindicasen “Del Valle, askatu!”?¿Deberían constituirse dos mesas, una en la que el Gobierno negociara el indulto con el interesado, bajo la firme promesa de no volver a las andadas y otra de partidos sin exclusiones para legalizar la Confederación Autonómica de Pederastas y una reforma del Código Penal que dé sentido a su lucha?

Hay otra pregunta. Habrá más días.

28 mayo 2008



¿Ante los idus de junio?


Santiago González

Sin prisas y sin pausas, el partido que había sido antonomasia de la oposición hasta el 9 de marzo camina hacia su implosión. La realidad siempre acaba imitando al arte y lo que parecía en sus inicios una crisis diseñada en los medios de comunicación ha calado hasta el tuétano del PP, que la ha interiorizado con disciplina admirable.

El plante de María San Gil, seguido por el de Ortega Lara, el artículo de Gabriel Elorriaga, y, ayer mismo, por los dos compromisarios de Burgos que retiran su apoyo a Rajoy, parecen un goteo de desafecciones que no va a cesar hasta el Congreso de Valencia.

Alvarez Cascos ha terciado en la disputa pidiendo la supresión del Comité Autonómico, porque no es partidario de que este órgano tenga competencias que deben corresponder al Comité Ejecutivo Nacional y a la Junta Directiva Nacional. ¿Es éste Álvarez Cascos el mismo vicepresidente del partido y del Gobierno que mantenía unas excelentes relaciones con el PNV en los tiempos del esplendor? No estamos hablando del PNV de Imaz, ojo, ni siquiera del de Urkullu, sino del que pilotaba el gran timonel, Xabier Arzalluz. Nunca había sido invitado ningún dirigente de la derecha española, antes ni después de Álvarez Cascos, a comer en el sancta sanctorum de Sabin Etxea, con Arzalluz y Anasagasti. Angulas, por más señas.

Antes se había aprobado la cesión de los impuestos especiales a Euskadi a cambio del voto de los nacionalistas en la primera investidura de Aznar. En la negociación de aquellos votos contra estos impuestos tuvo un papel relevante Jaime Mayor Oreja. No eran necesarios en sentido estricto, porque los 20 escaños que sumaban CiU y Coalición Canaria, sumados a los 156 del PP, alcanzaban la mayoría absoluta. En aquella legislatura, Aznar se mostraba dispuesto a ofrecer la cartera de Industria a un nacionalista vasco, Mario Fernández, y la de Asuntos Exteriores, a CiU.

Cabe argumentar que eran aquellos otros tiempos, pero no del todo. Es verdad que aún no se había producido la infame negociación del PNV y EA con ETA que en el verano de 1998 sirvió de pórtico al pacto de Lizarra. Unos meses después, el Gobierno del PP pactó el apoyo del PNV a sus presupuestos para 1999 y el año siguiente volvió a acordar las cuentas del año 2000. En febrero de 2002, el ministro Montoro acordó con la vicelehendakari Zenarruzabeitia un concierto económico indefinido apenas siete meses antes de que Ibarretxe diera a conocer el Plan que llevaba su nombre en el Parlamento vasco. El PP practica en este asunto una desmemoria simétrica a la de los socialistas cuando acusan a los populares de haber empujado a los nacionalistas al monte de Lizarra con su intransigencia.

Vidal Quadras propone sustituir la negociación con los nacionalistas por un acuerdo de Estado con los socialistas, lo que no estaría mal si los españoles hubiesen encargado al PP la tarea de abrir del baile en las recientes elecciones y los socialistas estuvieran por la labor. Militantes de Alicante y Madrid quieren, razonablemente, eliminar las trabas de los avales para los candidatos a la presidencia del partido. El problema, el jeroglífico, que diría Zapatero, es que hay más teóricos de la demolición que partidarios de la moción de censura constructiva que nuestra Constitución copió de la alemana. No hay un candidato que se ofrezca para corregir los errores de Rajoy. Bruto y Casio se limitarían en nuestro tiempo a escribir un artículo o declarar a una emisora que no acababan de ver en Cayo Julio la adecuada capacidad de liderazgo.

Pie de foto.-Lo del PP en versión épica

26 mayo 2008




Melón de Alange

Santiago González

Se acaba de cumplir un año de la primera visita presidencial a la localidad pacense de Alange, donde nació en 1893 su abuelo paterno Juan Rodríguez Lozano. El capitán Lozano, fusilado por las tropas franquistas en agosto de 1936, se convirtió en icono de la memoria histórica el 15 de abril de 2004, cuando su nieto José Luis invocó su nombre y su testamento en el discurso de su primera investidura como presidente del Gobierno.

El presidente puso Alange en el mapa con una visita electoral que apenas duró media hora. Zapatero fue recibido con aplausos de los propios y abucheos de los ajenos, amén de una manifestación contra la construcción de una central térmica junto al municipio. El presidente es un gobernante tierno y afectuoso, que sobrelleva mal las expresiones de desamor de su pueblo. La visita quedó reducida a un acto en la Casa Consistorial y firma en el libro de oro del Ayuntamiento.

Era la primera vez que muchos españoles oíamos hablar de Alange. La segunda fue unos meses después, en una entrevista que el director de esta casa hizo al presidente el 8 de enero pasado, parte de la cual transcurrió durante un almuerzo en La Moncloa. El periodista observó que su interlocutor salaba el melón del postre: “¿Melón con sal? ¿Qué es eso, presidente?”, a lo que responde: “Lo tomo siempre así. Es una costumbre de mi abuelo...” “¿De qué abuelo? ¿Del... famoso abuelo?” “Sí, del capitán Lozano. Me lo han contado mi abuela y mi padre... Él era de un pueblo de Badajoz que se llama Alange, es una costumbre de allí. Tiene además un significado social. Como los pobres no podían tomar melón con jamón, lo tomaban con sal. Y está riquísimo.”

Nada que oponer a que los gustos sean hereditarios, a que las leyes oscuras de la sangre nos lleven a observar con disciplina cartujana la dieta alimenticia de nuestros abuelos. El lehendakari Ibarretxe todavía sigue un consejo del suyo, exhortándole a andar por donde pisa el buey, sin reparar el hombre en que las cautelas de antaño para no hundirse en caminos embarrados son perfectamente prescindibles cuando las diputaciones se han encargado de asfaltarlos todos.

Tampoco es muy relevante que el presidente considere el melón como el paradigma de la lucha de clases, ni que desconociera el orden de los descubrimientos. La mezcla de lo dulce y lo salado es antigua en gastronomía, pero el melón con sal no es el quiero y no puedo de los pobres. Al contrario, fue una sofisticación de ricos añadir sal bajo la especie del jamón, siempre de entrante, no de postre. Tampoco es, naturalmente, un localismo de Alange, pero no importa. El mundo entero es un Alange más grande, que habría dicho Miguel de Unamuno.

Ayer volvimos a oír hablar de Alange en un acto conmemorativo del rotundo triunfo electoral de Zapatero el pasado 9-M. Fue también un desagravio por lo del año pasado. Los ecologistas seguían protestando, pero pasaron desapercibidos, un Zapatero eufórico enunció su “Ich bin ein berliner”: “Siempre me sentiré un ciudadano de Alange” y el alcalde le regaló un árbol genealógico con los antecedentes familiares del abuelo políticamente correcto desde 1700.

Daremos un gran paso el día que el presidente tenga –y luzca con naturalidad- el árbol genealógico de sus dos abuelos, el mestizaje de las dos Españas que reivindicó el poeta bilbaíno Javier de Bengoechea: "Me están convirtiendo en dos/ a riesgo de ser ninguno./ En este Bilbao sitiado/ por el vasco neanderthal,/ mi sitio es el del artista,/ con un abuelo carlista/ y otro abuelo liberal."


24 mayo 2008



Perder frente a Nadie

Santiago González

Contra todo pronóstico, la única candidatura al rectorado de la Universidad del País Vasco ha sido derrotada por el ‘no’. Es éste un asunto notable, porque el rector Juan Ignacio Pérez comparecía en solitario a unas elecciones plebiscitarias, un referéndum sobre su gestión durante los pasados cuatro años. Así las cosas, su reelección se presentaba como un asunto de mero trámite. Apenas había precedentes de referendos perdidos en el mundo por el candidato que se plebiscitaba en ellos, si exceptuamos el que convocó el general De Gaulle en abril de 1969, para tratar de superar los ecos de aquel mes de Mayo francés, y, mutatis mutandis, que ya es mutar, el que perdió Pinochet en octubre de 1988.

El rector Pérez Iglesias era un candidato frente a nadie, después de haberse visto frente a otras cinco candidaturas en las elecciones anteriores. Días de mucho, vísperas de nada, ya lo dice el compendio del saber vulgar que es el refranero. Él sólo temía a la abstención y así lo decía en las entrevistas: “existe el riesgo de una alta abstención por estar conforme con la marcha de las cosas.” No creía que hubiera grandes objeciones a su gestión, sólo la tentación de quedarse en casa por parte de quienes, inclinados a votar que sí, dieran su victoria por cosa hecha. Respecto a la gestión en sí, habría división de opiniones: “habrá quien opine que no hemos avanzado lo suficiente en ofertas en euskera, habrá quien opine todo lo contrario”.

Todo candidato solitario tiene tendencia a considerarse vencedor irremediable, porque apela al instinto de conservación del colectivo. Es lo que decía un viejo chiste de Ramón en ‘Hermano Lobo’ allá cuando el franquismo: un jerifalte de lo Único se dirigía a las masas con una disyuntiva inapelable: “O nosotros o el caos”. Bien es verdad que la masa respondía con voz unánime: “¡el caos, el caos!”

El rector Pérez no contaba con una fiable herramienta de análisis sobre lo que pensaba la comunidad universitaria por él regida. La abstención fue mínima en los sectores profesionales de la Universidad: 82,06% de participación entre los doctores y el 71,23% entre el personal de Administración y Servicios. En los alumnos, en cambio, la abstención reclamada por Ikasle Abertzaleak en protesta contra el proceso de Bolonia, fue avasalladora, apabullante: un 97%. En el cómputo total, el candidato único obtuvo un 45,4% de votos de apoyo, frente a un 54,6% de votos de rechazo.

Perder unas elecciones es siempre un trago amargo, pero perderlas frente a Nadie debe de ser un trago doble, especialmente cuando se ha hecho una gestión con aspectos positivos, como una buena relación con el poder político, que le ha permitido disponer de un presupuesto mucho más generoso que el que tuvo su predecesor, la necesaria remodelación del campus de Vizcaya y la puesta en marcha de las nuevas titulaciones. ¿Cuáles son entonces las sombras de su mandato?

La plataforma por el ‘no’ integrada por un grupo de catedráticos cercanos a CCOO, señaló tres, que afectan a las señas de identidad grabadas en el propio nombre de la institución: Univers(al)idad y Autonomía. La complicidad con el Gobierno vasco y la generosidad presupuestaria de éste no han salido gratis. A cambio, el Departamento de Educación se ha quedado con el control de la investigación de la Universidad. Item más, el Ejecutivo ha montado sus propias estructuras y chiringuitos de investigación al margen de la Universidad.

También le ha sido reprochado el menoscabo de la autonomía universitaria al alinearse con el Gobierno vasco en el decreto sobre complementos de retribución salarial para el profesorado, que ha levantado ronchas entre la mayor parte del mismo.

Por último, es muy probable, que tal como dice el rector Pérez, unos opinen que se ha ido demasiado lento en la euskaldunización y otros que demasiado rápido, pero ni la división de opiniones se ha producido al 50%, ni el proceso puede ser considerado razonable. A la presión que se ha sometido al PAS hay que añadir el hecho muy relevante de que durante su mandato, prácticamente todas las plazas de profesores convocadas han sido bilingües. Parece evidente que al elegir el profesorado únicamente entre el subconjunto euskaldun de los titulados, se está renunciando voluntariamente a la excelencia, al tiempo que se aboga por una Universidad endogámica, lo que no deja de ser un portentoso oxímoron.

La derrota del magnífico rector Pérez Iglesias frente a un don Nadie es una metáfora, un aviso a navegantes. O toma nota quien debe o no será el rector Pérez el único candidato derrotado por su propio programa en los meses venideros.

23 mayo 2008



Los errores de María

Santiago González

Tengo por María San Gil un sentimiento hecho a partes iguales de admiración y afecto desde aquel momento en que vio caer asesinado a Gregorio Ordóñez. En un país como el vasco, en el que tanta gente distrae la mirada, ella dio un paso al frente y recogió el testigo de su jefe y amigo. Su vida escoltada ha sido el precio que ha pagado por ello. Ha parido a sus hijos entre escoltas y entre escoltas los ha paseado en los atardeceres donostiarras. Es también, lo ha sido hasta ahora, la máxima dirigente de un partido que tiene escoltado hasta al último de sus concejales desde hace más de diez años.

Ha visto asesinar a 13 concejales de su partido, reviviendo en cada uno de ellos un momento de horror que habría sido insuperable en toda una vida para una persona normal. Ha ido a muchos funerales, ha abrazado a muchas viudas y ha besado a muchos huérfanos, sin que ello fuera incompatible con una presencia siempre alegre y animosa. Durante estos últimos años ha representado a los populares vascos, no sólo con dignidad y desprendimiento, sino con solvencia política y en ocasiones con brillantez, como pudieron apreciar quienes vieran en 2005 el debate electoral en el que se impuso clamorosamente a Ibarretxe, López y Madrazo.

María San Gil ha cometido, sin embargo, algunos errores notables en la crisis de su partido que ha llevado a su abandono, al de José Antonio Ortega Lara y lo que te rondaré hasta Valencia. Uno de ellos es la traslación a su relación con el partido de un esquema análogo al que suele regir nuestras relaciones afectivas. Esto la llevó a plantear una denuncia basada en sentimientos e impresiones, más que en hechos verificables. Las intuiciones pueden ser una vía para el conocimiento, pero no el armazón de un relato consistente y objetivo. Una prueba: La presidenta del PP vasco se vio obligada a convocar a la prensa para explicar asuntos domésticos a las pocas horas del atentado de ETA en Legutiano. Otra: nunca se había visto a María San Gil salir de una reunión con la cabeza baja, rehuyendo las preguntas de los periodistas.

A su denuncia debería seguirle una propuesta rotunda: candidatura alternativa o anuncio de dimisión. El rechazo tácito de su ejecutiva a la propuesta de adelanto congresual ofrece dos enseñanzas prácticas: no se deben emprender batallas políticas que no se puedan ganar. No se debe hacer nada que no se pueda explicar con garantías de comprensión.

Hace casi 90 años que Max Weber definió la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad en ‘La política como profesión’, uno de los textos del autor que conserva mayor vigencia. La ética de la convicción es animada por la obligación moral y la defensa estricta de los principios. La de la responsabilidad relaciona los principios del político con los objetivos que persigue, los medios que emplea para conseguir dichos fines y las consecuencias de sus actos. Una política que se base exclusivamente en el mantenimiento de los principios, sin atender a otras consideraciones, está condenada a la esterilidad. Por el contrario, la que desprecie los principios para atender solamente a los resultados, será una política de cínicos.

María San Gil es la antítesis del cinismo y del oportunismo. Pero se ha equivocado y su error, además de fatal para Rajoy, lo ha sido ya para ella y supondrá consecuencias graves para su partido a corto y medio plazo. También las tendrá para la política vasca, que ha perdido a una mujer de honestidad infrecuente. Tanto, que casi no era una política.

21 mayo 2008




Desacuerdo de trámite

Santiago González

La cumbre de La Moncloa se saldó como se esperaba, aunque tuvo una duración notable: dos horas y media para un desencuentro cantado. El lehendakari, entre cuyas lecturas de autoayuda no figura el ‘Cómo ganar amigos’, había preparado el clima votando a favor de una moción parlamentaria que acusaba a Zapatero y su Gobierno de “amparar sistemáticamente y sin excepción” a las Fuerzas de Seguridad en las denuncias de torturas, sin tener en cuenta que, entre un terrorista y un policía, es bastante natural que el presidente del Gobierno tenga una querencia por el guardia.

Ibarretxe venía a demostrar que Madrid no nos entiende y el presidente del Gobierno, que a él, a dialogante, no le gana nadie. Como si hiciera falta después de ocho reuniones, amén de las que tuvo su predecesor en La Moncloa. Aznar, que era un castellano más neto, más lacónico, le escuchó mientras hacía una de sus proclamas radicales y respondió: “Entonces no vamos a tener nada de qué hablar”.

Puede que Zapatero, más de la escuela narrativa leonesa, tratara de demostrarle que se investigan todas las denuncias de torturas, repasándolas una a una, y eso lleva un tiempo. El dirigente vasco compareció después de la entrevista para mostrar una decepción inexistente. “Quien sólo tiene en la cabeza elecciones no tiene en la cabeza soluciones”, dijo, en lo que prometía ser el primer lance de un gran duelo de quiasmos, una reedición del mano a mano de sonetos entre Emilio Romero y Jaime Campany en los ocasos del franquismo. Aquella justa la ganó Campany y en ésta habría vencido Zapatero, que ya había derrotado de un solo quiasmo al mismísimo San Juan Evangelista: “No es cierto que la verdad nos hace libres, es la libertad la que nos hace más verdaderos”.

No hubo tal. El presidente se limitó a recordar que el único que había hablado de elecciones fue el propio lehendakari. En efecto. Su hoja de ruta, compleja como un cuento interactivo, preveía que el Parlamento vasco autorizase una consulta: si alcanzaba un acuerdo con Zapatero, sería ratificadora. En el caso contrario, habilitadora. En el caso de que la cámara no ratificara y tampoco le diera por habilitar, convocaría elecciones en otoño. Y ustedes verán. Parece evidente que, lo que pudo ser una severa advertencia a finales de septiembre, suena después del 9 de marzo como si Ibarretxe amenazara con pegarse un tiro en el pie.

Un Zapatero sobrio estableció dos condiciones necesarias para que cualquier iniciativa pueda ser tomada en serio: que parta de un acuerdo amplio de la sociedad vasca y que respete la Constitución. Por acotar el significado de ‘amplio’ tal vez debió especificar que tanto acuerdo social, al menos, como el Estatuto que se trata de superar. Así nos evitaríamos de paso, el ridículo del Estatut de Maragall, diez puntos menos de apoyo popular en el referéndum del que obtuvo el de Sau en 1979.

Ibarretxe es un discutidor berroqueño y tenaz, modelo “yo a lo que te voy”. El presidente habría hecho bien en repetirle unas palabras del discurso que ya le dirigió en el Congreso, el 1 de febrero de 2005: “salvo en estos últimos 25 años, nuestra historia constitucional es un recetario de fracasos (…) porque normalmente se hicieron constituciones de partido, normas políticas con el 51%, y las normas políticas con el 51% para ordenar la convivencia acaban en el fracaso (…) Lo que expreso en esta cámara es que busquemos el 70, el 80, el cien por cien para una norma institucional básica en Euskadi”. Aunque el lehendakari se empeñe en no entenderlas.




19 mayo 2008



Falta de hiposulfito

Santiago González

El lehendakari Ibarretxe tiene un servicio de atención a las víctimas del terrorismo que sabe hacer su trabajo. Maixabel Lasa, su directora, es una tenaz Penélope que teje con afecto y paciencia una solidaridad en días pares que el lehendakari y los partidos que lo apoyan destejen los impares. Ella organizó ayer un acto en el Kursaal en el que, por segunda vez en 72 horas, las fuerzas vivas de Euskadi y una nutrida representación de víctimas aplaudieron a un guardia civil, Leoncio Sáinz, superviviente de un atentado etarra.

Miguel Hernández acuñó una soberbia hipálage en El rayo que no cesa: “Algún día/ se pondrá el tiempo amarillo/ sobre mi fotografía”, escribió el poeta en unos versos muy a propósito para acompañar la foto de Juan Manuel Piñuel, homenajeado el pasado jueves en el Parlamento, al día siguiente de su asesinato. Las fotos amarillean al cabo del tiempo por falta de hiposulfito de sodio, que es el componente esencial del fijador, como sabe cualquier fotógrafo predigital. El guardia Piñuel no podía saber que lo iban a homenajear. Mucho menos, que su fotografía se iba a decolorar en 24 horas, el tiempo que iba a tardar el Parlamento vasco en aprobar una moción acusando al cuerpo del que formaba parte de torturas.

Parece que este país tiene un déficit de hiposulfito. Por eso las imágenes son tan inestables y en el mismo lugar en que se honra a una víctima, se la deshonra al día siguiente junto al cuerpo al que pertenecía, el motivo de su asesinato. La moción de Aralar, con la complicidad de EHAK y los tres partidos que apoyan a Ibarretxe, acusó al Gobierno de Zapatero de amparar a las fuerzas policiales ante las denuncias de torturas, en general, y más precisamente a su ministro del Interior de amparar las torturas a Igor Portu y Martín Sarasola, los presuntos autores del atentado de Barajas.

La mayoría del Parlamento vasco no cabe en sí de la indignación. Entre las denuncias de ETA y los atestados de la Guardia Civil, este Rubalcaba siempre otorga más credibilidad a los atestados. Habrase visto falta de ecuanimidad. Los nacionalistas y Madrazo son mucho más abiertos de criterio. Como dice el consejero Balza, esa moción “es la expresión de lo que piensa la mayoría de esta sociedad”. Vox populi, vox Dei. ¿Qué valen los hechos frente a la creencia del pueblo? Nada. Tampoco pueden prevalecer contra ella las sentencias, ni las garantías del Estado de derecho, ni el hecho de que todas las denuncias se investigan, por improbables que sean. En 2001, Unai Romano denunció haber sido objeto de torturas por la Guardia Civil. El juzgado nº 25 de Madrid, tras instruir con extraordinario rigor la causa, desestimó la denuncia en 2005. La Audiencia Provincial rechazó el recurso en 2006, dictaminando que las lesiones eran incompatibles con los términos de la denuncia, que se había falsificado un parte médico y que la pérdida de la capacidad auditiva denunciada era inexistente. El PNV, EA y Aralar aprobaron una resolución parlamentaria en la que se solidarizaban con el denunciante y exigían la disolución de la Audiencia Nacional.

Vivimos un proceso de aceleración histórica, qué digo aceleración, una vorágine. Ayer volvía a presidir el lehendakari un acto de homenaje a las víctimas. Mañana irá a ver a Zapatero para reclamar lo suyo. Sería muy pertinente que el presidente del Gobierno le exigiera como primera medida una explicación de voto: que le repita palabra por palabra el texto de la moción que él mismo votó el viernes en el Parlamento de Vitoria. Continuará.

16 mayo 2008



La función de la unidad

Santiago González

El protocolo del asesinato terrorista se ha cumplido según el programa habitual. Al crimen le siguen las declaraciones de los dirigentes políticos, las informaciones y los editorialeslos funerales con presencia de autoridades, un homenaje en el Parlamento vasco (esto es novedad) y un último viaje hasta la Málaga en la que quería vivir con su mujer y su hijo.

Hubo más novedades. Una imagen de unidad entre las fuerzas políticas parlamentarias en la firma del comunicado conjunto y aplausos mutuos entre diputados socialistas y populares. La única tensión perceptible se manifestaba esta vez entre la presidenta del PP vasco y el presidente nacional, pero la traían puesta de casa. El texto suscrito en el Congreso por las fuerzas parlamentarias y los agentes sociales sería uno de tantos, vale decir que incurre en los lugares comunes propios de esta clase de comunicados, pero entre la efusión de calificativos, se yergue un párrafo sustantivo. Éste: “Los firmantes (…) vamos a combatir con coraje y fortaleza democrática a la organización terrorista ETA hasta derrotarla definitivamente a través de la fuerza exclusiva del Estado de derecho”. La última vez que se firmó un documento así fue en diciembre de 2000: el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo.

La mayoría de quienes firmaron el martes debería explicar que en estos últimos años se le distrajeron los conceptos, pero el reconocimiento de errores no es un comportamiento habitual en la política española y lo importante, aunque Jaime Mayor no conciba esta razón, es el texto, el compromiso fijado en el papel. Al menos, hasta que alguno de los firmantes o todos ellos empiecen a hacer mangas y capirotes con la letra escrita.

No cabe mucha interpretación en un párrafo como el transcrito, pero es preciso matizar el optimismo con la prudencia. ¿Puede el PNV sostener su firma en el escrito y apoyar al mismo tiempo a Ibarretxe?¿Votarán con EHAK?¿Se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco (o en su defecto ser capataz en la industria de la chufa nigerina)? Tras el fracaso de las ‘mociones éticas’ del PSE y el PNV para comer la moral a los alcaldes de ANV hasta el cese, -unas porque no logran suficientes apoyos y las que han sido aprobadas porque son ignoradas por sus destinatarios,-¿van a hacer algo para echar de las instituciones a ANV y el PCTV? La mayor parte de las mociones han fracasado porque los socios del tripartito Ibarretxe han votado en contra o se han abstenido. En algún caso, como en Elorrio, por la ausencia de un concejal del PNV. Si las mociones están planteadas en serio, la actitud de EA y Ezker Batua debería tener consecuencias.

“Unidad, ¿para qué?”, cabría preguntarse. Y ante una pregunta de estructura tan marcadamente leninista podría existir la tentación de bordear la respuesta de Fernando de los Ríos a la pregunta de Lenin sobre el objetivo de la libertad. “Libertad para ser libres”, dijo el socialista rondeño con una tautología necesaria. La paráfrasis no funciona siempre. “Unidad para estar juntos” no es una respuesta a la altura de la original.

“La fuerza exclusiva del estado de derecho”, ¿es compatible con la negociación? Parece difícil cuando el objetivo que persigue la aplicación de dicha fuerza es: “combatir con coraje (… a ETA) hasta derrotarla definitivamente”, pero siempre puede ayudar la paráfrasis de Alberti: “A dialogar, a dialogar, hasta enterrarlos en el mar”. O algo parecido. Permanezcan atentos a la cumbre del martes.

15 mayo 2008

del País Vasco


Memoria de Mondragón

Santiago González

ETA ha recurrido nuevamente al coche bomba, que es el trazo más grueso posible con que se escribe el terrorismo para volver donde solía, exactamente al mismo espacio moral que ocupó en el preciso momento en que asesinó por primera vez a un ser humano. Era también un guardia civil y hace de esto casi 40 años. Legutiano se llamaba entonces Villarreal de Álava y hay entre ambos asesinatos más de 850 vidas tronchadas.

Tempus fugit, sentenció Cicerón y mañana será otro día, apostilló Scarlett O’Hara. El tiempo fluye aceleradamente. Para los terroristas, por supuesto. Y también para la clase política. Uno de los dirigentes ‘polimilis’ que volvió en 1985, tras la disolución de ETA (pm), contaba en una entrevista que en los primeros tiempos cada ‘ekintza’ (atentado) se preparaba con muchas reuniones y se explicaba con muchos “papeles” (comunicados) mientras ahora (en 1985), un asesinato se decidía sobre la marcha y se explicaban una docena de ellos con un solo papel.

Los atentados son ya flor de un día. El luto es cada vez más breve y el alivio cada vez más largo. Ya lo escribió Pablo Neruda: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido…” “Otra vez ETA ha irrumpido en nuestras vidas y otra vez nos ha amargado el día”, dijo ayer el presidente del BBB, un hombre en cuya biografía no hay un solo dato de afinidad o simpatía con el terrorismo y quienes lo practican, aunque su declaración de condena desprende esa levedad tan incongruente con el crimen. “Vaya mañanita”, que decía la madre de un amigo mío tras la rotura de un vaso o cualquier otro contratiempo doméstico.

Sería deseable que el atentado fuese el tema central de la conversación que van a mantener el martes el presidente del Gobierno y el lehendakari, de poder a poder, que es lo que más gusta a todo nacionalista vasco. El presidente debería saber que él no es el único relativista epistemológico y, tener un diccionario a mano para entender al menos el sentido de las palabras de Ibarretxe.

El nacionalismo no violento siempre ha sentido la tentación del vocativo para comunicarse con los terroristas. Ardanza, el lehendakari que más lejos llegó en en el repudio, no sólo de los medios, sino también de los fines, no podía evitar que de vez en cuando se le escapase una interpelación directa en segunda persona del plural: “Señores de ETA…” El lehendakari actual, que borda la paradoja del relato subjetivo hablando de sí mismo en tercera persona del singular, apea el tratamiento distante que Ardanza dispensaba a los terroristas para recurrir a la segunda persona del singular, en un tuteo más vasco, más cercano y confianzudo: “no digas, ETA, que ha sido por la patria, ni que ha sido por el pueblo vasco, por favor”.

Opina también el lehendakari que “cuánto daño hace (ETA) a quienes defendemos que el pueblo vasco es uno de los más antiguos de Europa y que queremos profundizar en nuestra identidad conviviendo con los demás pueblos del mundo. (…) ETA sobra, estorba y además mata cruelmente, cobardemente, a gente sencilla. Mata a obreros, policías, jueces, concejales. ¿Para qué? Absolutamente para nada.”

En esto, además, seequivoca. Ibarretxe ha hecho de la paradoja la piedra angular de su sistema de creencias y una de sus herramientas argumentales predilectas. ETA mata a españoles sencillos para fortalecer su causa, hacer daño a los vascos más antiguos (y sensibles) de Europa e impedirles profundizar en su identidad. Su razonamiento mueve a perplejidad en algún otro aspecto: Si ETA tiene tanta inquina al nacionalismo no violento que encabeza el lehendakari, ¿por qué habría de hacerle el regalo de deponer las armas a cambio del Plan Ibarretxe? Si ETA rompió las conversaciones tripartitas entre el PSE, el PNV y Batasuna en Loyola en octubre de 2006, ¿por qué cree que va a mirar con simpatía ahora una oferta que ya despreció entonces?

El presidente del Gobierno anunció en su discurso de investidura su voluntad de “alcanzar un compromiso democrático contra el terrorismo” y que su oferta de consenso se dirigía “con particular énfasis al principal partido de la oposición”. Y resulta que al primero que cita es a Ibarretxe para que éste le pida reanudar las negociaciones en el punto en que las dejaron en Loyola. Impresionante.

Qué erróneas las previsiones socialistas de que el primer atentado mortal iba a producir una ruptura esencial en la izquierda abertzale, qué faltas de empatía las condenas nacionalistas, qué banales los ensimismamientos populares en sus crisis de confianza, qué fracasadas las mociones éticas formuladas para que los cómplices civiles de los terroristas recapacitasen y abrazasen la causa del bien. Y si ya se les empieza a desdibujar el coche bomba de Legutiano, ¿cómo pedirles que recuerden Mondragón?

14 mayo 2008

La desconfianza de María San Gil

Santiago González

Ya no hay manera de llamar ‘desaceleración’ a la crisis que ha provocado la espantada de María San Gil en la ponencia para el congreso del PP. En la vida orgánica de los partidos se manifiestan con alguna regularidad las disidencias, enfrentamientos, litigios, pendencias, marimorenas y hasta broncas. Todo por cuestiones ideológicas, naturalmente. La experiencia demostraba hasta ahora que no hay disputa sobre los principios que no pueda ser resuelta en los pasillos precongresuales con una conversación que normalmente transcurre en términos cuantitativos: “Vosotros, ¿qué queréis?” “Cuarto y mitad de Ejecutiva” y, a partir de ahí, una de dos: “De acuerdo” o “no hay trato. El que más chifle, capador”.

El problema que plantea la disidencia de María San Gil es que ella no aspira personalmente a nada. Sitúa su discrepancia en el terreno de los principios y de su desarrollo. Por eso, ella, que es un símbolo del coraje cívico, la colaboradora de Gregorio Ordóñez que presenció su asesinato y dio un paso adelante para recoger el testigo, plantea a Mariano Rajoy un problema que no tiene solución. Tal vez hubiera podido tenerla si el presidente del PP se hubiese ocupado personalmente del asunto. No lo hizo, y a pesar de que todas las propuestas de San Gil fueron incorporadas a la ponencia, un portavoz inadecuado que esparcía una interpretación inadecuada, dio al traste con toda posibilidad de arreglo.

Ya no se trata de que haya desacuerdos sobre una ponencia, que es la suya, sino de que María San Gil no se fía. La cuestión de la confianza tiene un relieve extraordinario en la política postmoderna. Recientemente nos enterábamos de que el presidente del Gobierno tiene como fontanero a un primo suyo, “un hombre de confianza para un puesto de confianza”, como si al resto del personal de su Gabinete se lo nombrara la oposición. La desconfianza es la esencia de la democracia, si el lector me permite la paráfrasis y es preciso estar precavidos frente a los adversarios, los enemigos y, muy especialmente, frente a los queridos compañeros de partido.

María no se fía. “Homo homini lupus”, escribió Plauto en expresión que le fusilaría muchos siglos después Thomas Hobbes en su ‘Leviatán’: El hombre es un lobo para el hombre. Y no digamos para la mujer. Su desconfianza es actitud comprensible, pero no muy transferible. No es fácil de entender que la desconfianza de María San Gil produzca tantos adeptos sin que haya explicado los motivos, que se haya tejido una malla de suspicacias hacia Rajoy sobre la base de la confianza absoluta en ella. No es la primera vez que el PP se aventura en un proceso de intenciones, pero sí que lo haga contra los propios en un indudable alarde de coherencia.

Si hay discrepancias políticas, se negocian. Cuando se está de acuerdo en las ideas y se desconfía de las personas, no hay más remedio que plantear una dirección alternativa que gestione adecuadamente la ponencia. Eso es precisamente lo que falta en esta hora sorprendente que ha llevado a Zapatero a declinar la invitación de valorar el estado de la cuestión: “Son tantas las cosas que pasan cada día que cualquier opinión puede ser desmentida al día siguiente.”

Desde el 9 de marzo el PP es una oposición que ha dimitido de sí misma y en vez de recelar del Gobierno, prefiere sospechar de los suyos propios. La tarea de controlar los excesos del Ejecutivo en la financiación de las Comunidades Autónomas, por ejemplo, la ejercen en justa compensación los barones socialistas de las autonomías de segunda.

12 mayo 2008

El fiscal y la lista

Santiago González

La diputada Rosa Díez registró el viernes pasado en el Congreso una proposición no de Ley en la que solicita al Gobierno la destitución del fiscal general de Estado por arbitrariedad en el cumplimiento de sus funciones constitucionales. Se refiere a la presencia de candidaturas contaminadas por ETA-Batasuna entre las listas de ANV que no fueron impugnadas por la Fiscalía y concurrieron con algún éxito a las elecciones municipales del 27 de mayo de 2007.

Tomemos el caso de Mondragón, en el que la complicidad del grupo municipal de ANV con ETA se reveló cuando sus siete concejales se negaron a condenar el asesinato de Isaías Carrasco. No era una complicidad sobrevenida. Los lectores pueden recordar,-y si no, para eso estamos,- que el criterio básico de la Fiscalía para impugnar una candidatura era la presencia en ella de «al menos tres» candidatos ligados a la ilegalizada Batasuna, según explicó el fiscal general el 4 de mayo de 2007. Pues bien, la lista que pasó por el cedazo de la Fiscalía tenía siete candidatos ligados anteriormente a Herri Batasuna y sus marcas ilegalizadas por el Tribunal Supremo en marzo de 2003. Pero no es eso lo más significativo, sino que, tras dicha ilegalización, cinco de ellos trataran de burlarla concurriendo a las elecciones municipales de 2003 en una candidatura, Herri Anitza, que fue anulada por el Tribunal Supremo el 3 de mayo de dicho año. Los interesados (y las interesadas, claro) solicitaron el amparo del Tribunal Constitucional que les fue denegado unos días más tarde.

Así consta en el informe elaborado por la Guardia Civil para la Fiscalía. No podría ser de otra manera y llama mucho la atención que las listas que pasaron ante el gran ojo avizor del fiscal general fueran precisamente las de aquellos pueblos como Mondragón, Hernani, Pasajes, Bergara, Azpeitia, Elorrio y una treintena más en los que tenían posibilidades de obtener la alcaldía. La idea de que esa lista, cuyos datos son perfectamente contrastables, no llegara a las manos del fiscal carece de consistencia. No tiene lógica que la Guardia Civil elabore un informe para no entregarlo a su destinatario, salvo en el muy improbable caso de que el citado instituto tuviese algún interés en la legalización de las listas batasunas en sus plazas fuertes. Sí la tiene, en cambio, que el fiscal se hiciera el distraído durante el proceso de negociaciones con los terroristas para tratar de evitar la ruptura del “alto el fuego” que ETA había de declarar, de todas formas, después de las elecciones, el 5 de junio de 2007.

La cuestión es grave en cualquier caso: si el informe llegó al fiscal, porque lo desatendió, aunque en el improbable caso de que no llegase, lo de Conde Pumpido sigue siendo un papelón. ¿Es posible que el fiscal general del Estado desconociera una sentencia tan importante del Tribunal Supremo y otra del Tribunal Constitucional en algo que afectaba de manera importante a su tarea?

No es una hipótesis verosímil, aunque él no hubiera sido magistrado del Supremo los nueve años anteriores, incluido el 2003 en el que se dictaron ambas sentencias. ¿Cabe la posibilidad de que al fiscal le pese tanto su pasado profesional, que ejerza la fiscalía como si fuera el juez, ponderando los argumentos del fiscal que le ha tocado ser y del defensor que lleva dentro? Misterio, pero aun otorgando a Cándido Conde el beneficio de la duda, lo mejor que se puede decir es que ha ejercido su función con una manifiesta incompetencia. En el mejor de los casos y en contra de toda lógica, incluida la aristotélica.



10 mayo 2008

Analogías simples

Santiago González

El lehendakari Ibarretxe ha decidido conceder una oportunidad más al presidente Zapatero y le ha enviado una propuesta. En apenas tres folios ha resumido la hoja de ruta del plan que lleva su nombre. El “corta y pega” que facilita a todo quisque la informática ha favorecido la extensión de la moda patchwork, esa manera vistosa de aprovechar retazos para forrar cojines. El lehendakari, que es hombre apañado, se ha revelado como un virtuoso en el arte de reciclar descartes para confeccionar su almohadón soberanista.

Dos son los pilares que sustentan la oferta de Ibarretxe, según explicó en su comparecencia televisiva del jueves y los dos están enfermos de aluminosis: el anuncio de Zapatero del 29 de junio de 2005 en el que dio luz verde al proceso y las conversaciones que mantuvieron en Loyola el PSE, el PNV y Batasuna, que actuó a la vez como emisaria de ETA, en octubre de 2006. Ibarretxe ha forrado el punto 3 del documento con una transcripción prácticamente literal del borrador que se trabajaron en Loyola los citados y exige que el presidente firme ahora a requerimiento suyo lo que, según él mismo, estuvo dispuesto a firmar con Batasuna.

¿Es posible que un líder democrático intente sustituir ese modelo de consenso que fue el pacto estatutario por otro malamente armado por unas charlas de sacristía y un paripé en el recinto parlamentario? No es razonable que el lehendakari, representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma Vasca, se vea a sí mismo como un alter ego de Batasuna para decirle al presidente: “¿Cómo no vas a negociar conmigo si lo hiciste con éste?”

He aquí una muestra del gusto de Ibarretxe por las analogías simples. Él mismo se reunió con “éste” en su ronda de conversaciones tras las autonómicas de 2005, otorgando por su cuenta carta de legitimidad democrática a quien la había perdido por la aplicación de las leyes. Son estas comparanzas las que todavía hacen colear lo suyo por los pasillos de los juzgados. Recientemente hemos sabido que el Gobierno español ha negociado con piratas somalíes que tenían como rehenes a los 26 tripulantes de un atunero vasco. De lo que sabemos podemos deducir que los piratas exigieron un rescate y que agentes del Gobierno entregaron la suma pactada a los secuestradores.

No parece que la resolución de este caso pueda integrar una nueva versión de los Episodios Nacionales, pero nadie se imagina a un baranda autonómico pidiendo al presidente que le envíe a unos agentes del CNI con 700.000 euros, “en billetes pequeños sin marcar o en billetes grandes marcados”, según decía Woody Allen metido a chantajista en ‘Misterioso asesinato en Manhattan’. “Si lo hiciste con unos piratas tercermundistas, ¿cómo no lo vas a hacer conmigo, que soy presidente autonómico?”

Es de esperar que Zapatero haya tomado nota del coste de las ocurrencias. Sentarse a charlar en Loyola no sirvió para que ETA abandonase las armas, sino para que los interlocutores del PSE tomaran nota de su oferta máxima y plantearan aquel techo como el punto de partida de la siguiente ronda negociadora. Mientras los terroristas asesinan a un antiguo concejal socialista y atentan contra las Casas del Pueblo, el lehendakari pretende que le ceda a él lo que antes le reclamaba Batasuna, sin que él haga otra cosa contra la violencia que dirigir exhortaciones éticas a los terroristas.

Hay que decir en su descargo que no tiene una vida laboral intensa a sus espaldas y nunca ha negociado un convenio para conocer los rudimentos de la lógica sindicalista. De otra manera sabría que cuando se rompen las negociaciones se rompen también las ofertas que las partes se habían hecho tratando de aproximar posiciones.

“Hay que ir paso a paso, no se pueden subir las escaleras de dos en dos porque te tropiezas”, dijo Ibarretxe en ETB, echando mano de una de sus inefables metáforas domésticas y del sentido de la concordancia que constituye su patrimonio sintáctico y es sello distintivo de la casa. George Orwell alertó hace 72 años sobre los peligros que entrañan las metáforas moribundas en un soberbio ensayo titulado “La política y la lengua inglesa” cuya lectura sería muy provechosa para el lehendakari, tan preocupado siempre por dar los pasos adecuados.

En todo caso, estas metáforas de pasos hacen de Ibarretxe un líder prudente, aunque no sé si es muy compatible con un dirigente político del siglo XXI. “Hay que andar por donde pisa el buey” es otra de las consejas con que su abuelo le preparó para el futuro, sin caer tal vez en la cuenta de que su estricto cumplimiento hace del buey el verdadero líder de nuestro tiempo. Nada hay de particular en ello. Todo pueblo elegido tiene ratos en los que se pone a seguir o adorar a un semoviente, sea un buey de caserío o el becerro de oro del Sinaí. Lo significativo en el hecho de seguir a un buey es el reconocimiento de que los caminos del lehendakari, no sé si los del Señor, además de inescrutables, están embarrados y corremos el peligro de meter la pata.

09 mayo 2008




Plegaria a San Lagüe

Santiago González

A Llamazares debe de parecerle que Saint Lagüe es un santo más laico a fuer de extranjero y a él elevaba sus plegarias por ver de recuperar lo que aquí abajo le había quitado una conjura entre la ley electoral, el sistema d’Hont y el tsunami bipartidista, que es el hijo natural de los dos primeros.

El coordinador de IU comparecía ante la prensa en el Congreso para entonar una jaculatoria constructiva. Todo lo arreglaría la aplicación del sistema Saint Lagüe: ampliar en 50 el número de diputados, repartir los 50 escaños nuevos entre los restos nacionales y reducir a la mínima expresión la representación por provincia.

Según el coordinador general: “la fórmula St. Lagüe es una de las que mejor cumple todas las propiedades de un sistema electoral proporcional cuando se aplica al tamaño de las circunscripciones que hoy establece nuestra Constitución.” La frase no es un modelo de rigor descriptivo, aunque no se le puede negar cierto valor orientativo. Efectivamente, la fórmula Saint Lagüe es más proporcional que el sistema d’Hont y mucho más que el mayoritario, pero menos que el sistema de proporcionalidad pura, sin salirnos del campo teórico. Cabe preguntarse por qué, una vez definidas como un bien deseable “todas las propiedades de un sistema electoral proporcional”, no se opte por el que mejor las cumpla, sino por “uno de los que mejor cumple”.

En realidad, los sistemas son convenciones para traducir los votos populares en representación institucional. Tanto el mayoritario como el proporcional tienen ventajas e inconvenientes: el primero tiende a acallar a las minorías, pero proporciona estabilidad. El segundo, justo lo contrario. Reino Unido o Italia, para gustos están los colores.

Llamazares ha sido el gran perjudicado en estas elecciones. También UpyD, el partido de Rosa Díez. La diferencia es que éste era una gran incógnita para sus votantes potenciales, mientras Izquierda Unida ha obtenido unos resultados bastante previsibles.

No ha sido la mecánica, don Gaspar, sino la política. Izquierda Unida ha empeñado mucho tiempo y esfuerzo en convertirse en una caricatura de sí misma, pero ambos le han cundido mucho, todo hay que decirlo. El seguidismo del PSOE durante toda la legislatura y sus llamadas a impedir la vuelta del PP al Gobierno tuvieron eco entre sus electores potenciales, que se tiraron al voto útil como un solo hombre; sólo el voto socialista masivo podría cumplir con eficacia tan loable empeño. Lo anterior no era obstáculo para que gobernaran algunos ayuntamientos con el PP. Mucho menos para que en el País Vasco sostuvieran mediante pacto de Gobierno alcaldías de ANV, la marca con la que Batasuna burló la legalidad en las últimas elecciones municipales.

Cabe plantearse si los ciudadanos consideran que sus representantes públicos se ganan sus salarios y si están dispuestos a aumentar la plantilla del Congreso, mientras ven cómo la desaceleración disminuye los puestos de trabajo a su alrededor. La cuestión es que si no hay más diputados, no hay cambio posible. Ya se ha escrito que un sistema proporcional puro habría dado a IU once escaños más con los resultados del 9-M, UpyD habría ganado 3; los nacionalistas habrían perdido algún escaño y los dos partidos mayoritarios, 33 (17 el PSOE y 15 el PP).

He aquí una razón para la prudencia de Llamazares al renunciar al óptimo proporcional. Es más práctico que los 50 diputados necesarios para cuadrar las cuentas los pongan los ciudadanos que los partidos citados. No parece que estos vayan a estar por la labor.

07 mayo 2008

Un hombre marcado

Santiago González

Antes, incluso, de que Zaplana distrajese al personal del acto que aquella mañana iba a protagonizar el presidente nacional de su partido en el Congreso, estaba escrito en esta página: tampoco va a ser en 2.012. Acebes ha repetido la operación una semana más tarde en el Senado, al anunciar su decisión de no continuar en la secretaría general a partir del congreso de junio, aunque fuera requerido para ello, que no parece ser el caso.

Era una víctima cantada de la renovación. Pese a el afecto generalizado de la militancia, pese a que lo adornan todos los tópicos coloquiales con los que se habla de gente fiable, (el yerno ideal para cualquier suegra, un hombre a quien se le puede comprar un coche usado, una persona que puede custodiarte la chaqueta, etc.) estaba condenado desde aquel 11 de marzo que cambió nuestra historia reciente. Él fue el pagano del gran error de Aznar tras los atentados: no convocar al jefe de la oposición y compartir la estrategia para afrontar la crisis aquella mañana del jueves en la que todos los españoles, incluyendo en la categoría al lehendakari Ibarretxe, estaban convencidos de que el atentado era obra de ETA. Estaba obligado a ello por el Pacto Antiterrorista, que por aquel entonces estaba plenamente vigente, aunque fuera sometido a discretos magreos por debajo de la mesa.

No lo hizo y es una suposición razonable pensar que hubo en tal actitud un cálculo electoral. El mismo que a buen seguro se hacían los dirigentes de la oposición, lo que preguntarían los más descarados de entre los periodistas a los líderes de uno y otro partido: “Y esto, ¿a quién cree usted que beneficia?” Lo que pasa es que la iniciativa correspondía al Gobierno y éste, al equivocarse, quedó clamorosamente en evidencia.

Aquella tarde y el día siguiente quedó sellado el destino de Ángel Acebes con un sintagma que ha hecho fortuna: “la mentira del PP”. ¿Mintió Acebes para ocultar a los españoles la autoría islamista de la masacre? Una vez superado el elemental criterio clasificatorio: la derecha siempre miente; la izquierda siempre dice la verdad, sería difícil en términos subjetivos responder con un “sí” categórico a la pregunta. Haberlo sostenido con éxito a lo largo de una legislatura caracterizada por el ‘bullshit’ es una virguería en el arte de la comunicación.

Acebes fue aquellos días un ministro del Interior, un hombre, desarbolado por el pánico ante los ojos espantados de millones de españoles. Y lo fue una comparecencia tras otra, en las que iba comunicando urbi et orbi los descubrimientos policiales en tiempo real, a medida que llegaban a su conocimiento, tratando de agarrarlos por el asa que menos le quemaba.

Acebes y Zaplana estaban sentenciados porque la percepción de la opinión pública sobre estos dos dirigentes así lo había establecido. Es triste, pero es así la vida. Una vez que Rajoy explicó su intención de renovar el partido, se vio metido en un juego cuyas reglas no las dictaba él. Por más que la baja de la semana haya sido un eficaz secretario general que ha mantenido unido al PP según la máxima ignaciana, ninguna renovación sería creíble sin su sacrificio, sumado al de Zaplana. El asunto ahora es que para otorgarle el ISO 9002 a la calidad en la renovación, la Aenor (Asociación española de normalización y certificación) gubernamental va a exigirle, le está exigiendo ya a Mariano Rajoy, un sacrificio más en aras de una renovación irreprochable: el suyo propio. Algo tendría que hacer. El mes y medio que falta hasta el congreso es mucho tiempo para resistir esa presión en la posición de don Tancredo.

05 mayo 2008



Un uso alternativo

Santiago González

Rosa Díez presentará muy probablemente mañana una proposición no de Ley instando al Gobierno a disolver el Ayuntamiento de Mondragón y todas las corporaciones gobernadas por ANV. UpyD parece la enseña del Estado de Texas, la bandera de la estrella solitaria, un destello refulgente en la noche parlamentaria, “nesta longa noite de pedra”, escribiría de nuevo Celso Emilio Ferreiro, si viviera, pero tengo para mí que la iniciativa no va a cuajar.

La idea de que relajar el cumplimiento estricto de la ley es una aplicación inteligente de la misma es un apriorismo que goza de mucho prestigio hoy día, aunque no haya sentado jurisprudencia en el terreno de los hechos. La modernidad se alimenta del gusto por la paradoja: Vísteme despacio, que tengo prisa, la línea más corta entre dos puntos es siempre la circunvalación y todo en este plan. Así se explica la inteligente estrategia que el PNV y el PSE han venido siguiendo con las mociones éticas, que tenían como objetivo acorralar a los corporativos batasunos frente a su imagen cómplice reflejada en el espejo. Una vez conseguido esto, su vergüenza torera, (huy, perdón) de vascos no lo soportaría y presentarían la dimisión. En caso negativo, demostrarían que son unos ‘malquedas’ y no importaría echarlos por las malas.

El muy relativo éxito de las mociones en Mondragón, Hernani, Bergara y Eskoriatza compromete gravemente la continuidad del invento, especialmente después de la segunda caída del caballo del juez Garzón para descubrir que ANV no es la izquierda abertzale, como creyó erróneamente durante 2006 y parte de 2007, sino ETA-Batasuna, como sabiamente había venido sosteniendo hasta entonces.

El Estado de derecho ganaría muchos puntos de imagen si los jueces dejasen de ensayar usos alternativos del Derecho y el Gobierno se dedicase a aplicar las leyes. La propuesta de Díez será tachada de extremista por los finos jurisconsultos del PSOE. ¿Mociones éticas o de censura? Bastaría con aplicar las leyes que ya existen.

Hay un precedente. Se produjo el viernes, 7 de abril de 2006, en que el Consejo de Ministros presidido por Zapatero acordaba la disolución del Ayuntamiento de Marbella en virtud del artículo 61.1 de la Ley de Bases de Régimen Local: “El Consejo de Ministros (…) podrá proceder, mediante Real Decreto, a la disolución de los órganos de las corporaciones locales en el supuesto de gestión gravemente dañosa para los intereses generales que suponga incumplimiento de sus obligaciones constitucionales.”

Y eso, ¿qué tiene que ver con Mondragón?, se preguntarán ustedes, si son refractarios a las analogías y no hubieran reparado por sus propios medios en que la peor corrupción, más grave aún que la ‘Operación Malaya’, es la que asienta el poder sobre la eliminación física de los discrepantes. Sin embargo, quien procedió por analogía fue el Gobierno al disolver el Ayuntamiento marbellí, porque el punto 2 del citado artículo aclara definitivamente la cuestión:

“Se considerarán (…) decisiones gravemente dañosas para los intereses generales en los términos previstos en el apartado anterior, los acuerdos o actuaciones de los órganos de las corporaciones locales que den cobertura o apoyo, expreso o tácito, de forma reiterada y grave, al terrorismo o a quienes participen en su ejecución, lo enaltezcan o justifiquen, y los que menosprecien o humillen a las víctimas o a sus familiares.”

Eso dice la Ley. Si el Gobierno no quiere cumplirla en su totalidad que la reforme, pero quizá debería considerar antes que el uso verdaderamente alternativo de la Ley en España sería su aplicación.

03 mayo 2008

del País Vasco


Narcisismo lingüístico

Santiago González

“Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, escribió San Mateo en su best seller y aunque él se refería explícitamente a la práctica de la caridad, se conoce que la temprana prédica del Evangelio en estas tierras ha contribuido a extender la máxima a la práctica totalidad de la vida cotidiana. Así ha ocurrido, por ejemplo, en el Gobierno vasco, donde el Consejo Asesor del Euskera, organismo dependiende de la Consejería de Cultura, ha elaborado una ponencia, Bases para la Política Lingüística del Siglo XXI, que viene a poner en cuestión la práctica de la normalización del euskera desarrollada por el Departamento de Educación.

Aclaremos que Cultura es una consejería gestionada por el PNV, mientras Educación está encomendada a los cuidados de Eusko Alkartasuna, que ha puesto al frente del negociado a Tontxu Campos (ya se sabe la afición, quizá desmesurada, que aquí tenemos por los hipocorísticos chirenes). Ninguna novedad. Desde que el partido-guía empezó a compartir gobiernos tras la escisión de EA en 1.986, se ha quitado de encima la patata caliente de la Educación siempre que ha podido. O sea, seimpre. Durante sus coaliciones con los socialistas, gestionaron la cartera José Ramón Recalde y Fernando Buesa. El resto del tiempo se la encomendó a Eusko Alkartasuna, que ha tenido al frente de la misma a Inaxio Oliveri, Sabin Intxaurraga (en un visto y no visto, porque hubo que hacer crisis de Gobierno para acomodar a Madrazo) Anjeles (sik) Iztueta y Tontxu Campos.

El caso es que Campos impuso por decreto el pasado mes de octubre una reforma educativa, el curriculum vasco, que liquidaba el sistema de enseñanza vigente hasta la fecha, basado en los modelos lingüísticos. Estos, en opinión de la autoridad educativa, no garantizaban un dominio suficiente del euskera a los alumnos al término de la ESO y era preciso sustituirlo por un nuevo modelo que tuviera el euskera como lengua vehicular, el idioma en el que se imparte el conocimiento en el sistema educativo vasco.

El razonamiento o así debe de ser muy simple: si los escolares no saben euskera, procedamos por el reputado método de la inmersión. “La lengua es el ADN de Cataluña”, dijo Maragall, en frase que resume como ninguna otra el fetichismo nacionalista respecto a la lengua, que toma por objeto de deseo último lo que debería ser una herramienta privilegiada para la transmisión y adquisición de conocimientos. Al fondo, el narcisismo de la identidad. Es evidente que tal proceder contribuirá a extender la ignorancia entre unos escolares condenados a educarse en el idioma que peor conocen, por mucho que se le llame “la lengua propia”, tan impropiamente, ay.

Las mismas autoridades educativas trampearon cuando se trataba de obtener mejores resultados en las pruebas para el Informe Pisa: a pesar de que más de la mitad de los alumnos evaluados pertenecían al modelo D, el Departamento que dirige Tontxu Campos examinó en castellano al 86,4% del total.

A pesar de que el número de alumnos que superan la selectividad en euskera supera ya al de los que lo hacen en castellano, el final de los estudios universitarios no registra progreso alguno, según las estadísticas de la propia UPV. A pesar de los esfuerzos presupuestarios y de la presión sociolingüística, los progresos son para entusiasmos contenidos. En el curso 1996/1997 se leyeron en Euskadi 231 tesis doctorales. La tabla especifica que 21 de ellas estaban escritas en euskera y una en inglés. A falta de mayores precisiones es de suponer que las 219 restantes fueron redactadas en “otras lenguas”, una de las cuales era con bastante seguridad el castellano. Once cursos después, en el correspondiente a 2007/2008, el número total de tesis leídas fue de 229. El progreso de las tesis elaboradas en la ‘lengua propia’ fue realmente modesto: 22, una más que once años antes, mientras las tesis en inglés pasaron en el mismo periodo de una a 33.

Aquí tienen un motivo para la reflexión los encargados de pastorear a nuestros hijos hacia el analfabetismo. Otro, son las sensatas palabras escritas por Luis de Villasante hace ya muchos años contra la imposición lingüística: “es absolutamente necesario que Euskaltzaindia y el euskera se mantengan al margen de las opciones políticas. Me perdonarán los nacionalistas si les hago una consideración: si aman de verdad el euskera y Euskal Herria, que no los liguen a su ideología. Y eso, por el bien de eso que aman. Hay que estar ciego para no ver los daños y riesgos de ligar ambas cosas. De ligar euskera y nacionalismo se sigue entre otras cosas que los vascos que no aceptan esa ideología, rechacen el euskera. Con este comportamiento, finalmente, lo que es de todos se convierte en algo de un partido.”




Narcisismo lingüístico

Santiago González

“Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, escribió San Mateo en su best seller y aunque él se refería explícitamente a la práctica de la caridad, se conoce que la temprana prédica del Evangelio en estas tierras ha contribuido a extender la máxima a la práctica totalidad de la vida cotidiana. Así ha ocurrido, por ejemplo, en el Gobierno vasco, donde el Consejo Asesor del Euskera, organismo dependiende de la Consejería de Cultura, ha elaborado una ponencia, Bases para la Política Lingüística del Siglo XXI, que viene a poner en cuestión la práctica de la normalización del euskera desarrollada por el Departamento de Educación.

Aclaremos que Cultura es una consejería gestionada por el PNV, mientras Educación está encomendada a los cuidados de Eusko Alkartasuna, que ha puesto al frente del negociado a Tontxu Campos (ya se sabe la afición, quizá desmesurada, que aquí tenemos por los hipocorísticos chirenes). Ninguna novedad. Desde que el partido-guía empezó a compartir gobiernos tras la escisión de EA en 1.986, se ha quitado de encima la patata caliente de la Educación siempre que ha podido. O sea, seimpre. Durante sus coaliciones con los socialistas, gestionaron la cartera José Ramón Recalde y Fernando Buesa. El resto del tiempo se la encomendó a Eusko Alkartasuna, que ha tenido al frente de la misma a Inaxio Oliveri, Sabin Intxaurraga (en un visto y no visto, porque hubo que hacer crisis de Gobierno para acomodar a Madrazo) Anjeles (sik) Iztueta y Tontxu Campos.

El caso es que Campos impuso por decreto el pasado mes de octubre una reforma educativa, el curriculum vasco, que liquidaba el sistema de enseñanza vigente hasta la fecha, basado en los modelos lingüísticos. Estos, en opinión de la autoridad educativa, no garantizaban un dominio suficiente del euskera a los alumnos al término de la ESO y era preciso sustituirlo por un nuevo modelo que tuviera el euskera como lengua vehicular, el idioma en el que se imparte el conocimiento en el sistema educativo vasco.

El razonamiento o así debe de ser muy simple: si los escolares no saben euskera, procedamos por el reputado método de la inmersión. “La lengua es el ADN de Cataluña”, dijo Maragall, en frase que resume como ninguna otra el fetichismo nacionalista respecto a la lengua, que toma por objeto de deseo último lo que debería ser una herramienta privilegiada para la transmisión y adquisición de conocimientos. Al fondo, el narcisismo de la identidad. Es evidente que tal proceder contribuirá a extender la ignorancia entre unos escolares condenados a educarse en el idioma que peor conocen, por mucho que se le llame “la lengua propia”, tan impropiamente, ay.

Las mismas autoridades educativas trampearon cuando se trataba de obtener mejores resultados en las pruebas para el Informe Pisa: a pesar de que más de la mitad de los alumnos evaluados pertenecían al modelo D, el Departamento que dirige Tontxu Campos examinó en castellano al 86,4% del total.

A pesar de que el número de alumnos que superan la selectividad en euskera supera ya al de los que lo hacen en castellano, el final de los estudios universitarios no registra progreso alguno, según las estadísticas de la propia UPV. A pesar de los esfuerzos presupuestarios y de la presión sociolingüística, los progresos son para entusiasmos contenidos. En el curso 1996/1997 se leyeron en Euskadi 231 tesis doctorales. La tabla especifica que 21 de ellas estaban escritas en euskera y una en inglés. A falta de mayores precisiones es de suponer que las 219 restantes fueron redactadas en “otras lenguas”, una de las cuales era con bastante seguridad el castellano. Once cursos después, en el correspondiente a 2007/2008, el número total de tesis leídas fue de 229. El progreso de las tesis elaboradas en la ‘lengua propia’ fue realmente modesto: 22, una más que once años antes, mientras las tesis en inglés pasaron en el mismo periodo de una a 33.

Aquí tienen un motivo para la reflexión los encargados de pastorear a nuestros hijos hacia el analfabetismo. Otro, son las sensatas palabras escritas por Luis de Villasante hace ya muchos años contra la imposición lingüística: “es absolutamente necesario que Euskaltzaindia y el euskera se mantengan al margen de las opciones políticas. Me perdonarán los nacionalistas si les hago una consideración: si aman de verdad el euskera y Euskal Herria, que no los liguen a su ideología. Y eso, por el bien de eso que aman. Hay que estar ciego para no ver los daños y riesgos de ligar ambas cosas. De ligar euskera y nacionalismo se sigue entre otras cosas que los vascos que no aceptan esa ideología, rechacen el euskera. Con este comportamiento, finalmente, lo que es de todos se convierte en algo de un partido.”