06 junio 2008


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Justicia ciega

Santiago González

La Justicia es una dama con los ojos vendados, una balanza en la mano izquierda y una espada en la derecha. La alegoría es incongruente, tal como estampó un sabio desconocido en un grafiti: “No confíes nunca en la Justicia ¡es ciega!” Vaya en descargo del anónimo escribano que esto sucedió antes de que se generalizase el lenguaje políticamente correcto, que le habría aconsejado escribir: “¡es persona ópticamente limitada!”

Los ojos vendados son la imparcialidad, es evidente; la balanza, el símbolo de la equidad y la espada, la capacidad coactiva de la Ley. El problema es que las tres virtudes son incompatibles entre sí. ¿Cómo podrá una invidente comprobar que los platillos están al mismo nivel? ¿Puede un olfato bien entrenado detectar cuándo el fiel de la balanza está en posición vertical? Y lo que es peor, ¿puede una ciega acertar con la espada donde no ha podido poner el ojo? Chester Himes escribió una soberbia novela, Un ciego con una pistola, en la que un invidente quisquilloso se lía a tiros en el metro de Nueva York porque alguien le ha pisado un callo, hiriendo a varias personas ajenas al pisotón. La expresión ‘violencia ciega’ era un antónimo de ‘la fuerza de la Ley’.

La alegoría de la venda es bastante perturbadora en el caso de la presidenta del Tribunal Constitucional. El Gobierno y los órganos judiciales, las asociaciones de magistrados, han coincidido con la Fiscalía en la inexistencia de delito en su comportamiento. El Supremo decidió ayer el archivo de las diligencias. Santo y bueno, no hay delito. Otra cosa es que el portavoz de Justicia del PSOE se haya estirado para añadir: “no hay nada nuevo que nos permita dudar de la actitud profesional de Mª Emilia Casas”.

Es mucho añadir. Si algo ha dejado este asunto claro es la imprudencia temeraria y la falta de profesionalidad de la presidenta en su conversación con la mujer imputada por el asesinato de su ex marido. Un juez de carrera no habría caído en sus errores: llamar personalmente a un particular para hablar de su caso; hacer una exposición del mismo en vez de limitarse a escuchar, recomendarle que provoque alguna nueva actuación judicial que permita que el caso llegue al TC, “su abogado lo sabe”, y añadir dos veces más que, en tal supuesto “ya me vuelve a llamar”, cuando había sido ella quien telefoneó a su interlocutora la única vez. Ningún juez, por último, le habría recomendado a un particular una determinada firma de abogados.

No está bien que la presidenta se lleve chapuzas a casa. Sólo faltaría para redondear la imagen de tercermundismo que se va adueñando de la vida pública española que el TC colgara a la entrada de su sede uno de aquellos carteles de las mercerías de barrio de antaño: “Se cogen puntos a las medias”.

Seguramente, Casas obró movida por convicciones feministas y un afán solidario con quien le pareció una mujer maltratada. El progresismo sustituye a veces la venda por orejeras, lo que lleva a estos errores de paralaje. No siempre. Tomás y Valiente era progresista y ha sido el mejor presidente del Constitucional de la democracia española. Fue elegido con un Gobierno socialista, pero nadie pudo pensar nunca que faltó a la imparcialidad.

Este caso es justo lo que le faltaba al TC para acabar de hundir su prestigio. La presidenta debería comparecer, relatar los hechos y presentar la dimisión, a ver si se establece un precedente. Aquí no se explica ni Dios, con permiso de Blas de Otero.

Aunque no sea ciega, a Mª Emilia Casas le habría convenido muchísimo quedarse sorda en el mismo momento en que descolgó el teléfono.

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