15 octubre 2008




La unidad era esto
Santiago González

Fernando de los Ríos, que era un socialista de antes, viajó a Moscú en 1920, con vistas a una eventual integración de su partido en la Tercera Internacional. Durante una reunión con Lenin, preguntó que cuando se iba a implantar la libertad en la Unión Soviética. Lenin no debió de entender muy bien la pregunta y replicó: “libertad, ¿para qué?” A lo que el socialista andaluz respondió con una tautología muy razonable: “libertad para ser libres”. La adhesión se frustró y un grupo de socialistas descontentos se escindió del PSOE para fundar el PCE al año siguiente. Fue así, queridos y queridas, como nació el comunismo español.

El presidente del Gobierno invoca siempre que tiene ocasión la unidad con el partido de la oposición. La doctrina clásica del parlamentarismo no prescribe la unidad, sino la división de poderes; no el totalitarismo, sino el partidismo. Unidad, ¿para qué? habría que preguntar y aquí Zapatero parafrasearía a su ilustre correligionario rondeño: “Unidad para estar juntos”.

Hay ocasiones en las que es muy conveniente la unidad. Por ejemplo, en las políticas de Estado. La lucha contra el terrorismo, la política exterior, la enseñanza y el mapa autonómico, por poner cuatro ejemplos. El acuerdo básico en estos asuntos garantiza la continuidad del Estado a salvo de las alternancias en el Gobierno. Es el acuerdo entre los partidos el que define la unidad, no los contratos de adhesión a ciegas, los cheques sin fondos o los actos de confianza. La democracia tiene sus cimientos en la desconfianza. La ley, la justicia, el parlamento, los partidos políticos, el derecho, son expresiones de la desconfianza antigua entre los hombres. De ahí esa costumbre de firmar contratos. El antecesor de Zapatero, Joaquín Almunia, explicó bien la cuestión tras una entrevista con Aznar en La Moncloa , el 1 de octubre de 1998: (La unidad )«es coincidir, pero la coincidencia debe basarse en posiciones asumibles por todos, no en planteamientos hechos por unos y seguidos por otros. Esa no sería forma de llegar a un auténtico consenso.»

Hay ocasiones en que un gobierno puede pactar su política económica. Esto suele hacerse cuando la gravedad de la situación requiere medidas excepcionales. Así ocurrió en octubre de 1977, con la firma de los Pactos de La Moncloa. Así podría ser en esta ocasión si el presidente reconociera finalmente que la crisis es grave y requiere acuerdos extraordinarios. Pero eso exige algo más de transparencia que esos decretos modelo tinta de calamar. Y también control, un poco de desconfianza. ¿Por qué vamos a dar a los bancos ese dineral sin preguntar qué van a hacer con él, tal como proponía Solbes el viernes? Apliquémosles la misma desconfianza que ellos a nosotros cuando nos daban préstamos. Y si la situación no es grave, el Gobierno adopta las disposiciones que le apetece y la oposición se opone o no, según.

Está fuera de lugar esa consigna rescatada del acervo popular por Pepe Blanco, la vice de la Vega y Leire Pajín: “arrimar el hombro”. ¿Se imagina a cualquiera de los tres conminando al PNV, CiU, BNG y tutti quanti a que “arrimen el hombro a los presupuestos”? No, tienen que comprar los apoyos y, como lo saben, se limitan a regatear en vez de salpicar con moralina. Si todavía quedara algo de chispa en el laboratorio de agit-prop de Pepe Blanco acuñarían expresiones más afortunadas para exigir la colaboración de la derecha. Por ejemplo, “tirar del carro”, que quiere decir lo mismo y permite atribuir a los dirigentes del PP una cierta cualidad de semovientes.

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