13 octubre 2008

A micro abierto


SANTIAGO GONZALEZ

El periodismo moderno no podría entenderse sin los micrófonos. Abiertos, se entiende. La política es una puesta en escena tipo Gran Hermano: una cámara con micrófono dispuesta a revelar la más intrascendente confidencia de los personajes públicos. Siempre hay un micrófono que, por torpeza del interesado, permanece abierto mientras emite opiniones que no querría difundir fuera de un ámbito estrictamente privado. Recuerden a aquel Aznar, que después de una intervención parlamentaria, dijo: «¡vaya coñazo que he soltao!» o el «¡manda huevos!» de Federico Trillo, por citar sólo dos expresiones teñidas de la misma genitalidad que la de Rajoy. También son dignos de mención el «este tío es un gilipollas integral» de Bono refiriéndose a Tony Blair y el intercambio confidencial de Zapatero y Gabilondo, tras la entrevista de éste al presidente el pasado 11 de febrero. Preguntaba el periodista qué tal pintaban los sondeos y respondía el presidente: «Bien, lo que pasa es que nos conviene que haya tensión». «Yo creo que os conviene muchísimo», replicaba su interlocutor.

A todos nos pasa. Mantenemos ante la sociedad las posiciones que requieren nuestra profesión, responsabilidad o lugar que ocupamos en el espacio público. En no pocas ocasiones, la máscara de respetabilidad de la que nos dotamos, lo que Jacques Lacan llamaba «hacer semblante», no resistiría el contraste abierto con opiniones que vertemos privadamente, cuando hablamos a calzón quitado en un ambiente distinto a aquel en el que representamos con más o menos solvencia el papel que la sociedad espera de nosotros. La vida es una representación permanente, no olvidemos que persona viene de una voz latina, antes etrusca, que significa propiamente la máscara del actor. O de la actriz, naturalmente.

Muchos de nosotros no desearíamos que nuestros hijos, en cuya educación mantenemos la máscara de padres, oyeran conversaciones que mantenemos en otros ámbitos, con otras voces y otras gentes.

Todos los periodistas hemos oído a algún político decir algo que lo dejaría en entredicho al apagarse la grabadora. No es tanto la hipocresía como la diferencia de contextos, el cambio de lo privado a lo público y viceversa. Es la condición humana. Sin esa representación no funcionarían los vínculos sociales. La pérdida del semblante es lo que llevaba a un personaje de Woody Allen a lamentar: «Mi psicoanalista me llama llorando a las tres de la mañana».

Carme Chacón, que es pacifista en el ámbito privado, ha entendido perfectamente a Rajoy al declarar en público que ella está segura de que el líder del PP no expresó su sentimiento auténtico, al tiempo que decía que si su hijo quisiera ser militar, ella «le animaría y con orgullo». Con estas declaraciones ha hecho semblante en tanto que ministra de Defensa, en lugar de expresarse con sectarismo de partido, que es la flor del mal más frecuente en los prados de nuestra convivencia.

El micrófono indiscreto propició una caída del semblante de Mariano Rajoy, que recompuso como pudo en el Desfile. Es más que probable que en algunas de las casas de los militares que ayer participaron en el Desfile pudieran oírse expresiones concordantes a algunas de las mujeres que plancharon los uniformes de sus maridos para que éstos desfilaran impecables. No parece, por otra parte, que Rajoy sea un ácrata o que tenga por himno aquella estrofa de Brassens: «El día de la fiesta nacional/ yo me quedo en la cama igual/ que la música militar/ nunca me supo levantar». Lo peor para él no es la irreverencia, sino la pereza que revela, una contraindicación para sus aspiraciones.

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