14 marzo 2008



Un brete para el PNV

Santiago González

El 28 de septiembre de 2007, el lehendakari contó su hoja de ruta al Parlamento vasco como un cuento interactivo. Ibarretxe fue planteando disyuntivas, cada una de cuyas opciones llevaba a una nueva disyuntiva. Lo estupefaciente de este relato es que, se elija la vía que se elija, el final es siempre el mismo: un referéndum.

Él propone una negociación de tú a tú con Zapatero para articular el derecho a decidir de los vascos, y de las vascas, claro. Si el presidente la acepta, habrá referéndum soberanista para el 25 de octubre. ¿Qué su no lo acepta? El Parlamento vasco convocará una consulta “habilitadora” para superar el bloqueo. Los 33 escaños que suman en Vitoria el tripartito y Aralar tienen en contra otros 33 escaños del PSE y el PP. El lehendakari necesita votos de la marca de Batasuna PCTV para poder salir adelante. ¿Y si no se los dan? Pues en vez de presentar la dimisión, dado el carácter plebiscitario de todo el plan, destituirá a los parlamentarios. Es decir: disolverá el Parlamento y convocará elecciones autonómicas.

Este camino verde que va a la ermita ya era un poco errático cuando se formuló, pero redefinido ayer mismo por Ibarretxe en Radio Euskadi, sonaba como si amenazara a los socialistas (y a su propio partido) con pegarse un tiro en el pie. Los burukides deben hacerse cuentas como éstas:

El PNV le debe a Ibarretxe y a su tesón una victoria contra todo pronóstico en 2001, cuando su partido daba por descontada la derrota y obtuvo 604.222 votos, 24.000 más de los sumaba toda la oposición constitucionalista. Después, todo fue a peor. Ibarretxe dejó poner su nombre a un plan condenado al fracaso: el 1 de febrero de 2005 fue rechazado en el Congreso con 29 votos a favor y 313 en contra. Su pertinacia al sostenella le pasó factura dos meses y medio después, en las elecciones autonómicas del 17 de abril. Perdió 140.349 votos respecto a las anteriores.

¿Qué son 140.000 votos para un hombre que lleva a su pueblo hacia la tierra prometida? Arenas del desierto. Juan Josué formuló su hoja de ruta y no ha parado de invocar desde entonces la buena nueva de la consulta. Su participación en la reciente campaña electoral ha tenido ‘el derecho a decidir nuestro propio futuro’ como leitmotiv de campaña, desde su famosa conferencia en la Universidad de Stanford a sus intervenciones en los mítines. Entre las generales de 2004 y las del domingo, el PNV y EA perdieron 148.516 votos. El tripartito que apoya la presidencia de Ibarretxe ha sacado 22.077 votos menos que las listas del PSE. Ha sido derrotado sin paliativos en los tres territorios.

Los resultados no son extrapolables, de acuerdo, pero nadie con un mínimo instinto de conservación se jugaría el Gobierno vasco para comprobarlo, después del domingo. No parece, sin embargo, que la nueva dirección del PNV tenga muchas posibilidades de someter a Ibarretxe al efecto realidad. El lehendakari se ganó en 2001 el derecho de arrimar la tradicional bicefalia del partido a su sardina. En paralelo a la construcción del artefacto, la hoja de ruta, el PNV le construyó una autopista a la medida, una ponencia política ‘ad hoc’.

El EBB va a estar muy condicionado hasta octubre por el horizonte procesal más probable para Ibarretxe. ¿Cómo negar respaldo a un lehendakari juzgado por un tribunal español? El victimismo ha perdido eficacia electoral frente al talante y si la posibilidad de perder el Gobierno produce vértigo en su partido, la idea de que también se juegan las Diputaciones lleva sencillamente al pánico.

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