14 enero 2009

Todo va bien

Santiago González

Este es un país muy extraño en el que manifiestan los obispos, los jueces se declaran en huelga y los autobuses urbanos hacen campaña a favor de la existencia de Dios o en contra de la misma. Tenía razón el presidente del Gobierno en su entrevista de Onda Cero, al explicar que no es partidario de la huelga de los jueces. Servidores muy cualificados de uno de los tres poderes del estado no deberían plantarse en huelga, ni siquiera con el atenuante de que el ministro sea Bermejo, o que la vicepresidenta haya opinado públicamente sobre la condena que, en su opinión, debería imponerse al juez Tirado.

Las entrevistas del presidente, en general, no son aptas para diabéticos, pero cuando estamos en campaña, como ahora, habría que mantener a los pacientes conectados a una bomba de insulina. “Quiero a mi alrededor gente optimista”, dijo en línea con una de sus grandes certezas sobre el modo en que opera el mercado de trabajo: que el pesimismo no es capaz de crear un solo empleo. Éste es un hecho bastante incuestionable, aunque sería un ejercicio de funambulismo epistemológico deducir de ahí que el optimismo sí los crea.

Su optimismo institucional es a prueba de estadísticas y catástrofes. Cree que Magdalena Álvarez es una ministra competente y que tenemos una economía sólida. Hemos superado en renta per cápita a Italia y estamos a tres puntos de Francia. A partir de marzo va a empezar a crearse empleo, aunque no dice que en una cantidad muy inferior a la del empleo que se destruye, por lo que el paro seguirá aumentando después de que los ayuntamientos hayan invertido los 8.000 millones de euros, durante el segundo semestre.

Tenemos la tasa de paro más alta de Europa, el déficit exterior mayor del mundo, una de las productividades más bajas de la UE y un sistema educativo que nos permite alternar en el furgón de cola de las naciones desarrolladas, defectos estructurales para los que no tenemos recetas. Teníamos un superávit que hemos fundido en regalos electorales de dudoso efecto práctico sobre la economía. Podemos tener dificultades para colocar la deuda a un tipo razonable. Después de marzo llegará junio, mes de exámenes e impuestos y es bastante probable que la recaudación sufra una merma espectacular. El índice de producción industrial y la fabricación de coches se han desplomado en noviembre y el presidente se comprometió con las familias catalanas que le saludaron hace unos días en Sanlúcar de Barrameda: “Oye, Zapatero, queremos una buena financiación”. “Una buena financiación terminará con el auge del independentismo”, remachó la entrevistadora. Mientras esto se comprueba, parece que se notarán antes otros efectos. Por ejemplo, que las políticas sociales en las comunidades más pobres van a depender de la parte menguante del Estado en la recaudación de impuestos o del déficit.

A la hora de terminar esta columna nevaba en varias comunidades. Si vuelve a cuajar y volvemos al marasmo, alguien tendría que pagarlo: que dimita el presidente de Iberia, o se destituye al jefe de gabinete de la ministra o a su jefe de Prensa o, mejor aún, que pague el pato Rajoy que ha perdido ya dos elecciones y es un pesimista nato.

No hay comentarios: